El cuerpo como memoria
El cuerpo guarda las huellas más tempranas de la experiencia afectiva. Allí permanecen inscriptos tanto la ternura como la indiferencia, tanto el sostén como el abandono. Estas memorias no siempre se expresan en palabras, pero viven en la musculatura, en la respiración, en la postura y en la voz. Por eso, el trabajo terapéutico no puede limitarse al diálogo: necesita encontrar también las vías corporales por donde la experiencia se inscribió.